Lecciones de Amor Divino
1de mayo de 2026
En este año del centenario (pulsa aquí para ver el enlace en inglés) de Swami Kriyananda, seguimos compartiendo historias de nuestras experiencias con él—en parte para ayudarte a conocerlo mejor, pero también por la alegría de recordar estos incidentes, como escribió Yogananda, en “la fácil resurrección de la memoria.”
La primera historia transcurre durante un periodo en el que Swamiji residía en Ananda Asís (pulsa aquí para ver el enlace en inglés) desde hacía bastante tiempo. Empezamos a extrañarlo profundamente y decidimos visitarlo. Por desgracia, no fue el momento adecuado—llegamos durante una etapa en la que estaba absorto en escribir y dar clases. Aunque siempre se mostraba amable, tenía poco tiempo para interactuar personalmente.
Una tarde, cuando salía del templo después de un satsang público, debió ver la decepción (y el dolor) en mi rostro, porque me llamó para que me acercara a él. “Devi,” dijo, mirándome fijamente a los ojos, “nadie es espacial para mí. Ni siquiera yo soy especial para mí.”
Y sin embargo…, Paramhansa Yogananda escribió en Autobiografía de un Yogui que la visión divina tiene “centro en todas partes, circunferencia en ninguna.” La vida de Swamiji, centrada como estaba en el servicio y la devoción incesantes a su gurú, estaba, precisamente por eso, centrada en todas partes. Nunca perdió de vista a todos aquellos que se abrían sinceramente a él espiritualmente. Su cuidado por sus estudiantes no se basaba en emociones personales, sino que era profundo e inquebrantable: una demostración viva del amor divino. En verdad, nos hizo sentir a cada uno de nosotros especiales para él de alguna manera significativa. Durante esa visita, sentí con más fuerza que nunca lo mucho que realmente significábamos para él—no en el sentido de la interacción externa, sino a través de una conexión profunda del alma.
La segunda historia refleja otra faceta del amor divino. Ocurrió durante mis primeros años en Ananda. En esa época había sufrido varios reveses, y me encontraba en un periodo de desánimo y confusión. Alguien tenía la tarea diaria de llevar el correo de Swamiji a su casa en Crystal Hermitage. Un día la persona que solía hacerlo tenía otro compromiso y me pidió que la sustituyera.
Sabiendo que mi estado mental no era el mejor, dudé en llevar mi angustia interior ante Swamiji. “No te preocupes,” me dijo el cartero habitual. “Swamiji estará escribiendo, y ni siquiera notará tu presencia. Solo deja el correo en la mesa junto a la puerta principal y vete sin que te vea.” Pensé en que eso sí podía hacerlo.
Pero eso no fue lo que sucedió. Tras dejar el correo, me di vuelta rápidamente para irme, cuando Swamiji, que estaba en silencio y ocupado escribiendo, levantó la vita y me vio. Haciéndome señas para que me acercara, sacó de la máquina de escribir la hoja en la que estaba trabajando. (Sí, Swamiji escribió varios de sus libros en la Edad Media, antes de las computadoras.)
Insertó una hoja de papel en el carro de la máquina de escribir, y tecleó una sola línea: “Busca primero el reino de Dios, y todo lo demás vendrá por añadidura.” Eso fue todo. La sacó y me la entregó, observándome mientras la leía con asombro. Luego sonrió, me indicó con un gesto que me marchara, y volvió a escribir. Incluso en medio de su trabajo concentrado, percibió mi confusión y se tomó el tiempo para ayudarme. A partir de ese breve intercambio, mi energía y mi perspectiva cambiaron drásticamente, y pude seguir adelante hacia días mejores.
Una amiga mía me contó esta última historia mientras paseábamos juntas un día. Cuando le mencioné que Swamiji nos había llamado a Jyotish y a mí la noche anterior, suspiró y dijo, “A nosotros nunca nos ha llamado”; luego se quedó pensativa y añadió en voz baja, “pero una vez sí lo hizo.”
Cuando la miré con curiosidad, ella continuó: “Una noche mi esposo y yo habíamos tenido una fuerte discusión. Ambos nos negábamos obstinadamente a ceder, y nos fuimos a la cama sin dirigirnos la palabra. A primera hora la mañana siguiente, sonó el teléfono—y para nuestra sorpresa, era Swamiji. ‘Solo quiero agradecerles a ambos por su hermoso espíritu,’ dijo. Eso fue todo. Nos miramos asombrados, luego se nos llenaron los ojos de lágrimas, y toda la tensión y la discordia desaparecieron. Nos abrazamos en el aura del amor divino de Swamiji.”
En su poema “Samadhi (pulsa aquí para ver el enlace en inglés),” Yogananda escribió: “El gorrión, cada grano de arena, no caen sin que yo los vea.” Amigo mío, los días de experimentar esto no terminaron con el fallecimiento de Swamiji. Su presencia está siempre al alcance de quienes lo invocan con sinceridad, porque él fue un canal del amor eterno y omnipresente del Maestro. Cada uno de nosotros es un pequeño gorrión a los ojos de Dios—este es Su mayor regalo para todos Sus hijos.
Con alegría y gratitud,
Nayaswami Devi
