Por Nayaswami Devi

23 de julio de 2026

Si pensamos que los acontecimientos milagrosos solo ocurrían en épocas y lugares lejanos, estamos equivocados. La Era de los Milagros no ha terminado. Los actos divinos no terminaron con Moisés abriendo el Mar Rojo, con Cristo convirtiendo el agua en vino o con Babaji materializando un palacio de oro.

Los milagros ocurren a nuestro alrededor constantemente; solo tenemos que abrir los ojos para ver la presencia de Dios en nuestras vidas. En las últimas semanas, dos amigos me han contado sus propias experiencias que se pueden decir que fueron extraordinarias.

Escuché la primera historia cuando estaba sentada a la mesa con un joven que vive en Ananda Village. Un visitante le preguntó: «¿Conociste alguna vez a Swami Kriyananda?». Tras una pausa, como si estuviera sopesando en su mente si contar o no la historia, comenzó:

«Tuve una infancia difícil con un padre alcohólico. Al final, nos abandonó a mi madre y a mí y tuvimos que valernos por nosotros mismos. No fueron años fáciles y crecí con mucha ira y resentimiento hacia él. Afortunadamente, descubrí el sendero de Yogananda y, aunque todavía era un joven con muchos problemas, me matriculé en el Ananda College.

«Un día, Swami Kriyananda invitó a los estudiantes a un satsang en su casa. Cuando se ofreció a responder preguntas, le pregunté cómo superar la ira hacia mi padre. No recuerdo sus palabras exactas, pero hasta el día de hoy recuerdo la mirada en sus ojos: una mirada de amor y aceptación incondicionales. En ese momento, supe que había encontrado a mi verdadero padre, y mi corazón se curó de años de resentimiento. Más tarde, para mi sorpresa, supe que precisamente ese mismo día mi padre había dejado de beber. Con el paso de los años, se esforzó mucho por compensar sus errores y ahora tenemos una buena relación».

La Virgen en el lugar de los milagros en Lourdes, Francia.

La segunda historia tuvo lugar en Lourdes, Francia, donde una amiga mía estuvo hace unos años. Se trata del lugar donde la Virgen se le apareció a una niña de catorce años, posteriormente canonizada como Santa Bernadette. La Madre Divina, bajo la forma de la Virgen de Lourdes, le dijo a Bernadette que bebiera del manantial de la gruta donde se le había aparecido y que se bañara en él. Como Bernadette no veía ningún manantial, cavó donde la Madre le había indicado y el agua comenzó a brotar. Rápidamente surgió un manantial, que sigue fluyendo hasta el día de hoy. Millones de peregrinos visitan esta gruta cada año y allí se han producido innumerables curaciones gracias a su agua bendita.

Cuando mi amiga viajó a Lourdes, tenía grandes esperanzas de vivir ella misma una experiencia milagrosa, pero, para su decepción, no ocurrió nada. Esperó, meditó, invocó profundamente a la Madre Divina… y aún así, nada. Sintiéndose derrotada y sin saber qué más hacer, sacó de su mochila la lista de teléfonos de Ananda Village y comenzó a rezar por cada uno de los residentes. «En cuanto empecé a rezar por los demás —me contó—, sentí que la paz de Dios me envolvía de una forma que nunca antes había experimentado. A medida que continuaba rezando, la presencia divina se intensificó y se expandió. Fue una de las experiencias espirituales más profundas de mi vida».

Las dos historias —la primera sobre la intervención divina, la segunda sobre cómo atraer bendiciones— despertaron en mí recuerdos de otros milagros de protección divina que habían ocurrido en Ananda a lo largo de los años. Uno de los milagros fue como el motor de un coche que se había calado y que, de repente se encendió solo, quemó gravemente el rostro de Seva, una de los miembros más queridos de Ananda. Aunque su rostro quedó quemado hasta quedar irreconocible, no sintió dolor alguno y se curó sin dejar cicatriz.

En otra ocasión, uno de nuestros miembros conducía una camioneta hacia Nevada City, por la estrecha y sinuosa carretera que atraviesa el desfiladero del río Yuba. De repente, los frenos de la camioneta fallaron. Tuvo que elegir entre precipitarse por la empinada pendiente o desviarse hacia el carril contrario y eligió la pendiente para no causar un accidente. Cuando la camioneta comenzó su rápido descenso, fue detenida inexplicablemente por un pequeño arbusto, y tuvo el tiempo justo para que él pudiera saltar, antes de que el vehiculó continuara su caída y quedara destrozado al chocar.

Estas son solo algunas de las muchas historias que podría contar, pero 

todas ellas conducen a la misma verdad: los milagros ocurren a nuestro alrededor constantemente. Hay varios que han sucedido en mi propia vida, y te invito a pensar en algunos que tu hayas experimentado.

El mayor milagro que se esconde tras todas estas historias es la naturaleza eterna del amor de Dios por nosotros, sus hijos: un amor que trasciende el tiempo y el espacio. Como expresa tan elocuentemente Paramhansa Yogananda en un poema de Susurros de la eternidad:

«Madre Divina, los valientes pueden reír mientras atraviesan una lluvia de balas, aunque la muerte les acecha con cada una de ellas. Yo, sin embargo, me río, porque tanto si floto en la superficie de esta vida presente como si me hundo bajo las olas de la muerte, descanso para siempre en Tu vida protectora, omnipresente y eterna, a salvo para siempre en Tus brazos inmortales».

Con alegría y gratitud,

Nayaswami Devi