Hay una historia que siempre me ha gustado sobre un turista que se había perdido en una zona rural, buscando un pueblo cercano —en los viejos tiempos, ya sabes, antes del GPS—. Tras dar vueltas en coche sin éxito durante un rato, por fin vio a un anciano granjero de pie en su campo, al lado de la carretera.
«Menos mal, te he encontrado», exclamó el viajero. «¿Me puedes indicar cómo llegar a Portsmouth?»
«Bueno», comenzó el granjero, rascándose la cabeza, «sigue por la carretera en la que estás hasta llegar a una bifurcación y, entonces, gira a la derecha». Tras una pausa pensativa, añadió: «No, eso no servirá. Déjame ver…».
Volvió a empezar: «Da la vuelta por donde has venido hasta cruzar un pequeño puente. Luego gira a la izquierda hasta llegar a un viejo granero». Una vez más se detuvo, frunció el ceño y negó con la cabeza. «No, eso tampoco servirá…»
Finalmente, se encogió de hombros y concluyó: «¿Sabes? No puedes llegar allí desde aquí».
Por muy divertida que sea, esta historia también tiene un significado más amplio. Los problemas no se pueden resolver en el mismo nivel en el que se presentan. Tenemos que tomar distancia para tener una visión más amplia. Para aquellos de nosotros cuyo objetivo es encontrar a Dios, mientras permanezcamos atrapados en nuestras propias reacciones egóicas —nuestros propios gustos y aversiones—, el destino final se nos escapa. «No podemos llegar allí desde aquí» alude a una verdad más profunda: por mucho que lo intentemos o por muy sinceros que seamos, a menos que estemos dispuestos a trascender el ego, no podemos alcanzar la unión con Dios.
Entonces, ¿cómo nos elevamos por encima de la identidad egóica? Swami Kriyananda dijo que el secreto para disolver el ego consiste en meditaciones más largas y profundas, y en ver a Dios como el Hacedor de todo.
Al dedicar más tiempo de calidad a nuestras meditaciones, podemos empezar a experimentar una presencia interior tranquila y atenta. Los pensamientos inquietos nacidos del ego pueden clamar: «Pero, ¿y nosotros qué? ¿Nos estás ignorando a nosotros, las exigencias de tu vida?». Con el tiempo, podemos calmar estas voces quejumbrosas con la seguridad de: «Os responderé más tarde, pero por ahora tengo una responsabilidad más importante». Cuanto más podamos descansar en nuestro Ser superior, menos control tendrá el ego sobre nosotros.
Ver a Dios como el Artífice de todas nuestras actividades no es una tarea fácil. El ego quiere intervenir y decir: «Mira qué gran trabajo he hecho. Me merezco un reconocimiento por esto». Pero la presencia interior vigilante sabe que la energía, las ideas y la manifestación de todo lo que hacemos provienen de Dios. Podemos pensar que lo hemos hecho nosotros, pero esto es tan falso como pensar que somos responsables de nuestros propios latidos o de nuestra respiración. Todo forma parte de una realidad mayor de la que somos una parte muy pequeña.
También es importante mantenerse alerta y observar tus procesos de pensamiento reactivos. Si te das cuenta de que reaccionas repetidamente de forma negativa ante una persona o situación concreta, detente y siente dónde se centra tu energía en ese momento. Lo más probable es que se encuentre en el bulbo raquídeo, la sede de la conciencia del ego.
Intenta respirar profundamente y lleva tu atención al ojo espiritual, la sede de la conciencia del alma. Mantén a esa persona o situación en el ojo espiritual y observa cómo tus pensamientos comienzan a cambiar. Quizá descubras que puedes aceptar y comprender mejor a esa persona, o que ves por qué te resistías a esa situación en primer lugar. Cuanto más practiques esto, más te darás cuenta de que eres tú —y no las reacciones subconscientes— quien tiene el control de tu vida.
En su charla con motivo de la celebración del centenario en Ananda Village, en junio, Nayaswami Devarshi leyó un pasaje del libro de Swami Kriyananda *¡Cuidado, sadhu!* que me causó un profundo impacto:
No dejes que tu mente juegue con la idea de dónde y cómo encajas tú mismo en cualquier contexto. No juegues con la adulación ni la consideres, ni siquiera de forma superficial, en tu mente. Rechaza con firmeza cualquier pensamiento de presunción, autoelogio, autojustificación y culpa.
Este tema es tan importante para ti como tu propia salvación, pues tu liberación espiritual depende de que te liberes de la conciencia del ego.
Si liberarte de la prisión del engaño es importante para ti, entonces todo lo que he escrito anteriormente reviste una importancia suprema. Es una cuestión de la dirección que le des a tu energía y a tu conciencia. Si te permites dejarte afectar, aunque sea mínimamente, por la adulación, en esa misma medida estarás colocando un barrote de hierro más en la prisión de tu ego. Y en la medida en que te permitas aceptar en tu ego incluso la más mínima energía, en esa misma medida crearás más ataduras para ti mismo.
Así pues, amigo mío, podemos llegar «allí» partiendo de aquí si comenzamos desde el centro sereno de nuestro propio ser, que siempre sabe que forma parte de una realidad mayor. Y «allí» es el amor incondicional y omnipresente de Dios por toda su creación.
Con mucho cariño,
Nayaswami Devi
P.D.: Jyotish y yo partimos el 10 de agosto para nuestra visita anual a Ananda Assisi y a la India. Volveremos a Ananda Village el 20 de octubre, pero tendréis noticias nuestras durante el viaje.